El rostro de la traición y el desgobierno. Marito está en la casa de sus patrones del Norte, seguramente conspirando nuevamente contra el Paraguay y la gente. Nuestra soberanía está en grave riesgo de caer definitivamente, ante el aplauso feliz de los Judas.

A medida que transcurren los días y se acercan las elecciones generales del 30 de abril, una sensación de alarmante intranquilidad altera el orden nacional debido a la industria de rumores y versiones de muros y extramuros acerca del futuro de la democracia en la República, que según el observatorio ciudadano no depende de un gobierno del pueblo y para el pueblo sino de órdenes declaradamente interesadas provenientes del “gran juez del Norte”.

De hecho, sin ninguna intervención de ningún órgano institucional de la República del Paraguay, el gobierno de Estados Unidos hace un par de años viene metiendo la mano, abierta, descarada e impunemente en nuestro país, ninguneando el sistema republicano y representativo de gobierno que, supuestamente, debería ser celosamente respetada y defendida por los órganos jurisdiccionales del Estado paraguayo.

Lo peor de todo es que Estados Unidos mete la mano en nuestro país no con el silencio sino con la complacencia feliz de una gran colectividad política y mediática encabezada por el propio presidente de la República, Mario Abdo Benítez, quien precisamente en estos momentos se encuentra nuevamente de viaje -como lo hizo durante todo su desgobierno, sin ningún resultado para el país y la gente- seguramente extendiendo su impronta de conspiración contra todo lo que no le conviene o atenta contra sus intereses personales y sectarios, sin importar si la víctima propiciatoria fuere su propio amigo o la misma República.

Un silencio sórdido inunda los sectores de gobierno y aliados, que por un lado celebran el desembarco norteamericano en nuestro sistema democrático de gobierno para hacer “justicia” en este fuero dominado por la corrupción y el crimen transnacional, pero, por otro lado, no están en condiciones de garantizar que el boomerang no va a golpear finalmente sus finanzas y su libertad condicionada por sus abanicos delictivos.

“Seré yo, Señor”.

La bíblica frase infunde temor en el ambiente político, financiero y mediático, especialmente, a sabiendas de que estos sectores cobijan a lavadores que se arrullan en mimos con el poder y gambetean arteramente los filamentos de la justicia, que de tan finos y vulnerables acaban por romperse con cada caso donde un “pez gordo” está sentado en banquillo de acusado.

En este país donde todos se conocen, la posibilidad de que tirios y troyanos oficien del pato de la boda tras la injerencia de Estados Unidos en el sistema de gobierno democrático de la República del Paraguay, por encima de las instituciones representativas, está candente y peligrosa.

Lejos de respetar la autonomía de las naciones, y al más puro estilo de la ley del más fuerte, Estados Unidos continúa firme y campante con su dominio absoluto e impune de la soberanía paraguaya, donde entra y sale como Pedro en su casa caminando en la alfombra roja colocada por Marito y su rosca traidora, seguros ellos de que les espera la impunidad por los robos colosales de recursos públicos, asociación criminal, vínculos con el terrorismo y el lavado de dinero, y tantas otras perlas acumuladas en estos 5 años de mandato en que tomaron por asalto las finanzas del Estado y gobernaron tomados de la mano.

Con semejante entrega de nuestra libertad, poco o nada podría hacer el Paraguay en caso de que sea finalmente el globalismo perverso quien enmarque las pautas de vida de los paraguayos, tirando a los cerdos el sistema democrático de gobierno y lanzando a leones hambrientos a la gente de bien, esa misma para quien Marito prometió gobernar antes de dar el infame giro que tiene a la República sumida en un callejón sin salida comprensible y doloroso.

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