La República en ebullición: Tormenta financiera amenaza con desmantelar el Gobierno
El poder supremo está en remojo tras la convulsión interna generada por una ciudadanía defraudada en su confianza hacia las autoridades, que dieron un mal paso y enterraron lo poco de honor que les quedaba.
La agitación declarada con el quiebre de Ueno Bank afecta no solo el ambiente financiero del país sino la paz de la República, con todo lo que ello significa para la imagen del país a nivel nacional e incluso internacional, donde el crash económico ganó titulares y puso en reversa planes de inversión en el considerado «paraíso fiscal» con la menor presión impositiva de esta parte del mundo.
El revuelo está instalado en la República, donde la tensión es el pan diario en medio de preguntas sin respuestas claras sobre mañana.
Como ocurre en toda mala decisión, hay beneficiados por un lado, pero el debe disputa un maratón aparte con las necesidades emergentes que golpean a todos los estratos sociales, con peores consecuencias a nivel poblacional, popular, donde los «comunes» pelean con la rutina.
En este escenario, los rumores ganan terreno.
Se comenta con insistencia acerca de la posible renuncia al cargo del presidente de la República, Santiago Peña, devenido en acusado solidario de la situación ardiente generada con el tema Ueno y, detrás de él, otros actores políticos de relevancia subidos a los carros de poder directo o fáctico que igualmente tienen los pies en remojo y no saben aún hacia dónde disparar.
A nivel poblacional, no tienen mayor relevancia las explicaciones técnicas o políticas sobre qué es lo que realmente pasó para que se haya llegado a este estado de cosas. Lo único que cuenta ahora es cómo hacer para que los ahorros retornen sin más vueltas a sus titulares y de qué manera la pequeña economía puede volver a retomar dinámica, a la sombra de millares de personas que viven de la calle.
A tiro de piedra, aparece en el horizonte del país una tenue luz de esperanza, fugazmente obnubilada por la fuerza de los acontecimientos, que se han salido de cauce para golpear los cimientos de la misma República que se retuerce en la impotencia buscando atajos seguros que logre mantenerles fuera del furioso escrutinio público.
Por de pronto, el oficialismo señalado de extender alfombra roja a los saqueadores de Ueno intenta salvar lo poco de honor que le queda, mientras la oposición se friega las manos con la posibilidad abierta de ganar espacios de poder supremo, sustentada en la reciente victoria sobre la maquinaria colorada en las elecciones municipales de Asunción y Ciudad del Este, los dos bastiones electorales más grandes del país.
Dicho esto, al oficialismo le queda un hueso duro de roer, como es el culebrón mayúsculo generado con el quiebre de Ueno y el tendal de perjudicados esparcidos por el país que reclaman cárcel para los culpables, cómplices y encubridores.
En otro estadío, hay sectores que celebran la situación generada de incertidumbre, inestabilidad y peligro, como siempre ocurre cuando hay grandes intereses en juego como, en este caso, nada menos que el poder de la República.
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