Trabajar en la cantera requiere esfuerzos multiplicados nunca bien recompensados. La nueva administración municipal electa tiene enfrente el duro desafío de revertir el nivel de esclavitud de gente obligada, por ello mismo, a recibir trato de sometimiento y opresión.
Trabajadores de cantera de la ciudad de Emboscada alegan haber entrado en una especie de tubo de ensayo ocasional con la victoria del joven intendente colorado en las recientes elecciones municipales.
Unos 2.000 hombres se dedican a la actividad, considerada extremadamente sacrificada, a cambio de una paga ínfima que apenas alcanza para cubrir la cuenta diaria del almacén y como único medio de sustento ante la atrofia total de otras opciones de valor como la artesanía con el trabajo en piedra y, en menor medida, el turismo con retorno sin un ápice de estímulo local y nacional.
La situación, instalada como sello imborrable en el seno de sufridos pobladores que se ganan el pan con el sudor jadeante de la frente, no ha sufrido variación durante los últimos 30 años, nada menos, en coincidencia con el desembarco en la Municipalidad de referentes de un mismo clan familiar que, paradojalmente, superaron meteóricamente el estatus de «criollos» asociados al pueblo humilde para construir una casta solvente y abarcante que pretendía eternizarse en el poder omnímodo e insaciable.
Sin embargo, como no hay mal que dure 100 años -los indignados asumieron esta conocida sentencia como suya- cayó el cesarismo (gobierno rígido ejercido de forma unipersonal) para ser reemplazado por el tradicional partido adversario que durante todos estos años acusó el ninguneo comunal para asumir el rol ficticio de autoridad de segundo piso, sin voz ni voto en las decisiones ciudadanas, cooptadas por la maquinaria oficialista liberal.
En la célebre novela «100 años de Soledad», el ingenioso escritor García Márques relata en una parte el realismo mágico emergente en un pueblo creado a la sombra del miedo a una maldición familiar, que repite con insistencia hechos o acontecimientos fuera de lo común que los habitantes se ven obligados a asimilar como parte de la vida normal aldeana.
Ese «realismo mágico», presentado de modo imperativo y sin derecho a reversión, es el que sobrevive a diario la gente de la cantera, donde el «acontecimiento fuera de lo común» se reduce de forma insignificante a la donación de una bolsa de muslo para la pollada forzosa de ayuda a un prójimo necesitado que había apelado esperanzado a un milagro de salvataje municipal, que nunca se dio, salvo unas palmadas de «aliento» en las espaldas para que «todo vaya bien» ante el repetido y odioso mensaje subyacente de «eju lune».
Con el advenimiento de un nuevo inquilino en la institución municipal, que se presenta ataviado con ropaje de fajina y convicciones firmes, los cantereros confían en que, por fin, van a terminar las mentiras, engaños, manipulaciones arteras y falsos positivos -practicados de forma veraz, sucesiva e impunemente por el clan familiar- para enfrentar los rigores de la rutina de vida con un renovado estatus de ciudadanos de primera, dignos de la atención y cuidado preferencial por parte de quienes emergen como ángeles custodios de los bienes y recursos ciudadanos.